jueves, mayo 12, 2011

Miserias cotidianas

No siempre fui aquel que hoy se ve.
Confieso que durante algún tiempo me esforcé por ser como los demás. Pan, vino, amor y cólera:
Hace poco compré un martillo enorme. De los mas caros de la ferretería. Comencé a romper una a una las piedras con las que alguna vez tropecé. Me agotó un poco volver la mirada y encontrarlas nuevamente intactas.
Cambie de piel y armadura muchas veces. Todas son permeables. En invierno sufría el frío en las vísceras, caminando por mis arterias. En verano el fuego del sol me recorría entero, dejando mi piel ajada.
Creía en dios, hasta que logré comprobar que si todo aquello fuera cierto, el cielo se caería sobre nosotros. Me pase varios días viendo aquellas nubes, aquella pintura. Solo descubrí condensación y acabé realzando mi teoría de creer antes que en nada, en las personas. Aun engañado mil quinientas veces.
Lloré hasta secarme y no volví a hacerlo nunca más. Me exilié y me rescate mas de una vez, viendo a los aeropuertos como los verdaderos ejemplos de ecosistemas modernos.
Subí, baje y logré ser amado y olvidado con la misma rapidez.

Acabé entendiendo que el mundo puede ser realmente pesado, para llevar sobre los hombros. No se puede ir detrás, delante o a los lados. Hay que ir con el, a secas. Y que el amor, inevitablemente, es aquello que necesitan las personas para ver todas aquellas miserias cotidianas, con mejores ojos.