A veces también es bueno hablar con alguien.
Salir un poco de aquella cárcel personal que nos arrastra a lo mas ermitaño de nuestra especie: El silencio. Crecemos y nos volvemos impenetrables. Vamos poco a poco escondiendo nuestras debilidades. Este no es un mundo para débiles. Pasan las primaveras y crecen los asuntos pendientes, como hojas tienen los arboles. Poco a poco nos enfermamos de razón y objetividad. Escondemos en los armarios al niño que fuimos, a la sensibilidad que nos eriza la piel para no caer en la batalla de vivir.
El reloj se llena los bolsillos con la exclusiva de nuestras vidas, hasta que estas corren peligro, y se engrandece haciendo sonar la alarma de la dejadez. De la inminente soledad.
Ese es el preciso momento en el que todo pasa frente a nuestra ventana a una velocidad incontrolable y caemos en la cuenta de todo lo que dejamos o no hicimos. De todos los amaneceres que no compartimos, de todos los besos que no robamos.
A veces es bueno hablar con alguien.
Hoy sonó mi alarma.


