Empecé a escribir una canción. Estaba encarrilado, las palabras fluían y una armonía surgía desde los adentros de una guitarra que ya vio demasiadas cosas. Sonó el teléfono. Siempre odié aquellos cacharros condenados que, al parecer, fueron perfectamente diseñados para acabar con ciertos momentos en los que uno logra encontrar algo de paz.
La paz no vuelve al terminar la llamada. Tiene un efecto retardado que dura lo justo para hacerte olvidar de todo lo que intentabas plasmar antes de la llamada. Te deja en un terreno que bien podría ser un campo, en invierno, mientras cae la noche y uno piensa que todo paso muy deprisa como para agenciarse una buena chaqueta. Para colmo, siempre suelen ser llamadas que nada tienen que ver con el momento o hasta un numero equivocado.
- No quiero que me pregunten como estoy, o si quiero una promoción de un viaje a Kuwait. Quiero escribir una puñetera canción! Ser yo mismo, por el tiempo que tarde en parir aquella melodía.
Me observo desde lejos y me veo intolerante, mañoso. Mayor. Todo hubiese sido mas simple si el teléfono estuviese apagado o si no existiese, por supuesto. Siempre es una conclusión que saco después de las llamadas. Nunca antes.
Hoy día todo el mundo tiene un súper teléfonos de estos que traen mil historias, por poco sirven, más que para alejarnos de nosotros mismos, por que pocos sabemos lo que es estar con nosotros, sin hacer nada mas que observarnos . Un día de estos los voy a aplastar uno por uno a cada uno de ellos con mi Hispano Olivetti de 3,5kg.
No me considero un anti nada. Pero están avisados.
Y todo esto por una llamada?
Claro esta! Y si la canción en cuestión era la que llevo buscando una vida?