Miré al cielo:
No una, si no dos veces.
Comprendí que allí no había nada.
Solo condensación, aviones, miedos
preguntas y deseos.
Falsos profetas y dioses.
Entendí que de ser cierto todo aquello
el cielo debía caerse sobre nuestras cabezas.
Sería imposible soportar tanto siglo tras siglo.
Miré nuevamente:
las mentiras no pueden durar una eternidad.
- Pero allí no hay nadie.
(Decidí seguir mi camino. Buscarme y encontrarme.
Disfrutar una vez más de su azul.
A fin de cuentas lo mas acertado es su color)