Anoche dimos un concierto de aquellos que se guardan en la memoria. Quizás no fue el que mejor sonó, o en el que más finos o brillantes estuvimos, pero el punto es que muchas veces un concierto no es solo un repertorio y un puñado de canciones: tocar e irse. Hay veces que la noche trasciende más allá de si misma y te sorprende, haciendo que despiertes al día siguiente con una honesta y certera sonrisa.
Invité a Germán a la fecha, por una real deuda del corazón. Veníamos con ganas desde hace tiempo y no nos ayudaban las circunstancias, hasta que todo esto se presentó. El loco la descosió, con pasión, vino tinto y buen gusto, con un acústico a dos guitarras, envidiable, cálido, (surrealista por momentos) y certero.
Bien entrada la noche se subieron los chicos.. se subió la banda que quiero tener. No hay mas placer, que el tocar con la gente que a uno realmente lo llena y lo conmueve. Los miraba y pensaba: estos tipos tocan conmigo! Soy un flaco afortunado.
Y canción tras canción fuimos dejando la piel, el cuore y las energías. Tocamos cerca de una hora, y terminé con la sensación de que el tiempo se había volado. Dicen que cuando uno se siente pleno pierde la noción del tiempo y así fue. De pronto estábamos terminando y no quería que aquello acabe. No quería bajar del escenario y tocar el suelo.
Estoy pasando por los llamados buenos tiempos. Están ocurriendo cosas realmente bonitas y gratificantes, como beberne en copa ancha, los aplausos y el cariño de un público como el de anoche, que nos sorprendió de principio a fin.
Todo funciona. Al parecer la siembra fue dura (y por momentos desafiante) pero realmente buena.
La noche se dio entre muchísimos brindis, amistad, amores, canciones y mas brindis.
Acaba siendo un placer irse a dormir roto, después de noches como esta.
A quienes formaron parte de la noche que nos tocó, mi más fraternal abrazo!
Vamos (como siempre) por más - y mejor.
