Recuerdo haber estado de chico en la Pergola de las Barrancas de Belgrano. Aun siendo un chiquilín, caminando entre los señores mayores que bailaban energicamente. No consigo recordar como había llegado allí, pero si recuerdo el tango sonando con fuerza entre los bailarines, como en aquellas películas en blanco y negro, que hoy pasa el canal Volver.
Años después crecí y viví y el destino hizo que acabe viviendo a tan solo una cuadra de aquel sitio.
En un abrir y cerrar de ojos, me encontré viendo con absoluta sorpresa y encanto aquellas parejas que los fines de semana van a tener su momento de grandeza, a ritmo de tangos y milongas.
En un abrir y cerrar de ojos, me encontré viendo con absoluta sorpresa y encanto aquellas parejas que los fines de semana van a tener su momento de grandeza, a ritmo de tangos y milongas.
Pocas cosas en la vida llegan a conmoverme tanto como ver a dos viejitos bailando con total entrega y perfección, como si en ese instante nada más existiese que ellos y la música.
Siempre que los veo, los imagino esperando al fin de semana, para ponerse sus zapatos, su ropa de epoca y sentirte como jóvenes esperando volver a brillar, bailando pegados, con aquella complicidad única que da el amor y los años. Pienso por cuantas cosas habrán pasado, cuanta adversidad, cuanta vida vivida y cuantas historias cargan en su piel y los veo bailar y todo lo que han vivido no ha sido en vano. Se les nota en la mirada que se dedican, mientras avanzan, giran y se detienen justo cuando la canción termina, y sonríen.
Todos domingos simplemente me siento y los veo. Puedo estar horas sin despegar ojo. Son esos pequeños placeres que hacen de lo cotidiano, una fiesta y un aprendizaje que solo puede verse en profundidad si uno sabe realmente lo que es el amor.
Es lo mágico de lo sencillo, lo que hace que uno quiera vivir cada momento como el último, sin pensar en el después, dejando de lado los miedos e incertidumbres, las miradas ajenas, para vivir la vida como es debido: sabiendo que es solo una.
