martes, octubre 26, 2010

Parentesis

Esta mañana desperté con un alma sensible a mi lado. Después de una tarde agradable y normal. Con una cena normal, buenos vinos y una noche de sueño limpio y honesto. Donde las segundas intenciones se tomaron un sedante y aquel instinto tan mío que todo lo rompe y manosea se dejó aplacar.
En una cama extraña pero con aire familiar. Con buenas intenciones, y una almohada improvisada e cómoda.
El sol se apretaba entre las nubes y, haciendo algo de esfuerzo, se colaba por la persiana de la habitación y no sentí esa necesidad de huir, De cortar el momento.
No senti el parche en el ojo, y su elastico apretando mi frente o esa sensación de vacío tempranero que imparte del desamor, por las mañanas.

Hoy no me pesaba el mundo y fue gracioso verme mirandola mientras preparaba el cafe. Tranquila, serena.
Habíamos pasado mas de quince horas y no sentía el peso de ellas sobre mi. No pensaba en las canciones o  en los continentes. No pensaba en toda esa mierda que habita en el mundo y me atormenta. Me sentí animado, autentico y en paz.
Nos despedimos después de un abrazo que duro el tiempo justo para no firmar mi condena de felicidad. Yo acaricie suavemente su espalda, intentando grabarla en mi memoria. Ella me beso y yo sentí algo parecido a la ternura.

Tome la autopista. Baje las ventanillas y el aire entro con fuerza. Eran las 10 de la mañana y todos los conductores parecían tristes. Yo fui en mi burbuja hasta mi casa. Con mi resaca y mi curiosa sonrisa.
Ya en mi cama, pensaba en todo aquello. En como serían mis días, si fuesen así, siempre y no lo logré del todo.
- Tampoco te pases, Andrés. Me dijo una voz ronca en mi interior.
Me dormí, pero desperté un poco contracturado. Aquella extraña almohada era inolvidable.