martes, abril 28, 2009

Barcelona para armar (y recordar) a modo de resumen


Estoy completamente seguro que dentro de un determinado tiempo voy a extrañar Barcelona.
Caí en esta ciudad por pura casualidad y otros factores que no vienen mucho a cuento.
Pasará el tiempo y recordaré con cariño y un poco de nostalgia a esta cuidad y sus maneras, sus manías. Sus aires y sus genes.
Y sus gentes, claro está.
Voy por sus calles sin esperar nada y todo se deja ver. Lleva sus rincones, sus ramblas, sus paseos y su Gaudí, con la frente muy alta.
Es la primera vez que paso tanto tiempo aquí y no pesa. Todo es descubrimiento. Hay sitios que ya hago mios. Supongo que a cualquiera le sucede. Yo los disfruto y los siento. Los toco y los repaso.Todo es intentar verlo detenidamente para anclarse en la retina y perdurar en el tiempo.
Encontrar a Dariush y Leyre fue una verdadera suerte. De pronto me vi en una casa antigua y preciosa. comiendo Kubibeh, y jugando con el perro. Compartiendo la vida y las cosas mas simples. Las vivencias y las historias. Yo tomando nota. La hospitalidad es un ejercicio noble y gratificante. Se agradece y espera para ser devuelto por mil con mas ganas.

Hace unos días conocí la ruta del cava, donde los habitantes de pequeños pueblos viven de la tierra y de un placer que burbujea en la boca y maquilla los sentidos. Disfrute de una hora muy entrañable con Albert, en su lugar, en su paseo marítimo, frente al mar de Badalona, que con pan tumaca y una estrella damm que sabia a gloria, se veía diferente.
Siempre creí que los momentos, las bebidas y comidas saben de una manera u otra, según con quien uno las comparte. Lo pienso mucho en estos días. Todo sabe diferente y mejor.

Vuelvo a Barna. Al metro Alfonso X, que tanto me ve subir y bajar por sus andenes y escaleras. Unas diez estaciones hasta Selva de Mar. De ahí en adelante desenfreno y mil horas de producción audiovisual valorado en jornadas que le resuelven la vida a mas de uno. Incluyendome.
Hoy es Sant Jordi. Espero regalar una rosa, o dos, quizás.

Cena y copas con Dariush en la zona de Gracia. Volviendo a su casa, entre las cuestas del barrio, me contó de su amor por el basketball. Yo le hablé del mío por la música. Al final, los amores siempre se parecen. El arte dice lo mismo solo que de maneras diferentes, entrando por el oído, por la vista o por otro sentido.
Los días entre llamados interminables y mucho trabajo pasaron lentos y rápidos a la vez. Por momentos extrañaba a Madrid y a mi guitarra. Al rincón de mi no-casa de moratalaz. Escribí ó intenté hacerlo en estos días y creo que lo logré. Entendí, también, que cada vez que estoy lejos, termino extrañando a una casa, pero ya no sé bien donde esta. Es una sensación extraña. No mala ni triste. Simplemente extraña.

El fin de semana me llevó a Lleida. Una pequeña cuidad en la que una hora equivale a varias de un sitio grande y frenético, como Buenos Aires. Uno de los taxistas me orientó muy bien. Explicando pausadamente todo lo que se puede y no se puede hacer. Como así también, a donde debía ir si quería tomarme una buena copa.
Y le tuve que hacer caso, justo después de ver el hostal. La habitación me recordaba a una secuencia de la película Barfly, de Bukowski. Al entrar no tuve mas opción que escribir el texto mas jodido de mi vida, en el que hablo de mi propia muerte.
Por suerte el bar del taxista me relajo y me dio de beber. Fue un buen consejo. Esta gente siempre sabe a donde ir.
Fueron solo dos días allí. Pero creo que de alguna u otra manera moví algún engranaje en esa cuidad.
Conduciendo hacia Barcelona lo entendí.

Ya en casa de Dariush, dedicamos unas pizzas y cervezas a la despedida. Yo, agradeciendo todo. Desde el primer día hasta aquel ultimo. Ellos en su linea: simplemente entrañables.

Ahora estamos a mano. Barcelona se quedó con algo mío. Y viceversa.

Vuelta a Madrid. Vuelo UX2154. Vuelta a todo.