
Somos trenes que pasan.
Nos empuja alguna extraña fuerza. Quizás comparada con la vida. Nuestro combustible puede ser el afán de llegar a otra estación, o bien quedarnos en la que estamos.
Disfrutar a paso de tortuga o correr cada vez más rápido.
Cuando la vía se tuerce y nuestros reflejos se duermen, descarrilamos. Nos pasamos de largo.
Nos pegan una lavada de cara y seguimos metiendo kilómetros, sumando días. Nuestros vagones se llenan de historias, nuestras historias se escriben en un manual de mantenimiento, hasta que un día nos desensamblan. Es normal.
Los trenes no duran para siempre.
Quizás si las historias. Los paisajes que vimos. La marca y la historia que creamos en los que viajaron con nosotros. En los trenes que nos cruzamos en el camino.
Somos trenes que pasan, aunque veces también somos estaciones.
Vemos pasar a los trenes, a las personas. Vemos pasar las noches, los soles, las lluvias. Algunas de ellas eligen quedarse unos días. Otras se suben al tren que más rápido las saque de ahí.
Somos trenes y estaciones.
Según la ocasión.